He decidido dejar esta vez a su disposición un trozo de un libro llamado Werther, del autor J,W. Goethe, el cual muy recientemente he terminado de leer, y me ha dejado profundamente conmovida. Si tienen la posibilidad de leerlo, aprovéchenla, es la ocasión para conocer una excelente novela del Romanticismo.
******************************************************************
“18 de agosto
¿Será que lo que hace la felicidad del hombre, al mismo tiempo es la fuente de su desgracia?
Ese sentimiento tan rico y tan cálido de mi corazón por la naturaleza viva, que siempre me ha colmado de tanto deleite y me tornaba el mundo circundante en paraíso, se me transforma ahora en un torturador insoportable, en un espíritu que me mortifica y me persigue por doquier. Cuando antes tendía la vista desde el alto peñasco hacia el otro lado del río hasta aquellas colinas que ciñen el fértil valle, y veía que todo cuanto me rodeaba, brotaba y crecía; cuando miraba aquellos cerros, cubiertos desde el pie hasta la cima de altos y tupidos árboles; cuando veía aquellos valles en sus múltiples curvas, sombreados por los más hermosos bosques; cuando el río se deslizaba suavemente entre los juncos murmurantes y reflejaba las amadas nubes mecidas en el cielo por la tenue brisa de la tarde: entonces escuchaba cómo las aves junto a mí animaban el bosque; cómo las bandadas de millones de insectos bailaban animosamente en el último rayo rojo de sol, cuya postrera y temblorosa mirada libraba de su hierba al coleóptero zumbante. El revoloteo y el murmullo que me rodeaban atraían mi atención hacia el suelo y el musgo, que arranca su alimento de la dura roca, y los nidos construidos en la ladera de la yerma colina de arena: todo esto me revelaba la ardiente y santa vida interior de la naturaleza. ¡Cómo encerraba yo todo eso en mi tierno corazón y me sentía como un dios en medio de aquella exuberante plenitud! Las magníficas imágenes del mundo infinito palpitaban vivificantes en mi alma. Inmensas montañas me rodeaban, abismos se tendían frente a mis pies, arroyos henchidos por las lluvias caían a la profundidad, los ríos corrían por debajo de mí y resonaban el bosque y la montaña. Veía actuar a todas aquellas insondables fuerzas y crear, íntimamente unidas, en las profundidades de la tierra. Ahora, sobre la tierra y bajo el cielo, pululan las especies de las múltiples criaturas; todo, toso poblado de miles y miles de cuerpos. Entonces, los hombres se cobijan junto a pequeñas casitas, anidan y dominan todo el mundo a su manera. ¡Pobre iluso que todo lo desprecias porque tú mismo eres tan pequeño! Desde la montaña impenetrable y el desierto que ningún pie ha pisado aún, hasta la última orilla de los océanos desconocidos, lo alienta todo el espíritu del Eterno Creador y se solaza con cada granito de polvo que Lo escucha y vive. ¡Ay! ¡Cómo ansiaba entonces elevarme en las alas de una grulla que me sobrevolaba, cómo deseaba llegar a las playas del mar inconmensurable para beber del vaso espumoso del Infinito aquel exuberante éxtasis vital, y para sentir, por un momento y en la limitada capacidad de mi pecho, una sola gota de la beatitud de aquel Ser que todo lo crea en sí y mediante sí.
Hermano, sólo recordar aquellas horas me hace bien. Incluso este esfuerzo de rememorar esos sentimientos inefables, de volver a expresarlos, eleva mi alma por sobre sí misma y me hace sentir doblemente lo angustioso del estado que ahora me embarga.
Parece que ante mi alma se hubiese retirado un cortinaje y el escenario de la vida eterna se transformara ante mis ojos en el abismo de la sepultura eternamente abierta. ¿Puede decir: “eso existe”, en vista de que todo pasa rodando, con la rapidez del tiempo y tan rara vez perdura a través de todo el período de vigor de su existencia y, ¡ay!, es arrastrado por el torrente, sumergido y despedazado contra las rocas? No existe ni un solo momento que no te consuma a ti y a los tuyos que te acompañan, ni un solo momento en que tú mismo no seas un destructor, en que debas serlo. El paseo más inocente cuesta la vida a miles de pobres gusanito; una sola pisada demuele las laboriosas construcciones de las hormigas y hunde en vergonzosa tumba a todo un pequeño mundo.
¡No me conmueve la desgracia grande e insólita del mundo, ni tampoco esas inundaciones que arrasan con vuestros pueblos, ni esos terremotos que devoran vuestras ciudades; mi corazón se siente socavado por la fuerza destructora que yace oculta en las entrañas de la naturaleza; aquella fuerza que no ha formado nada que al mismo tiempo no se destruya a sí mismo y al vecino. ¡Y así me tambaleo angustiado! ¡El cielo y la tierra y sus fuerzas activas me circundan! No puedo ver más que un monstruo ocupado eternamente en devorar y destruir.”