Había un sólo túnel, oscuro y solitario: el mío

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Name: Natalia Ramírez
Location: Talca, Chile

Monday, July 31, 2006


Manual de la (Mala) Educación
1- No salude a quien le desagrada
2- No sonría cuando se sienta disgustado o triste
3- No pida disculpas cuando no se sienta arrepentido
4- No de las gracias cuando no se sienta agradecido
5- No diga "te queda muy bien" cuando le parece que quien le pide la opinión se ve sencillamente espeluznante
6- No finja aflixión que no siente
7- No finja satisfacción que no siente
8- No salude delicadamente de la mano, cuando en realidad quiere dar un abrazo apretado y un gran beso
9- No salude delicadamente de la mano, cuando no quiere ni siquiera que le toquen la mano
10- No diga que sí cuando quiere decir que no, sólo por complacer
11- No diga que no cuando quiere decir que sí, sólo por verguenza
12- Por último, VIVA FELIZ Y SIÉNTASE ÚNICO, POCOS ESTÁN SIENDO TAN SINCEROS COMO USTED.

Thursday, July 27, 2006


"* * "

Qué deprimente es estar buscando en el listado de números telefónicos a quien llamar, alguien a quien le interese hablar conmigo. Buscar, siendo casi una víctima de hambruna, a alguien con quien hablar. Aunque más que deprimente, me parece patético.
Quien lo diría. Yo, que frecuentemente huyo evitando cualquier contacto con la sociedad, hoy busco cómo inmiscuirme en la vida de las personas, cómo ganar terreno en la zona de sus preocupaciones, mientras observo, casi agónica, el teléfono inerte. Espero ansiosa que fluya de él aquel sonido agudo que indica que alguien llama. Y como el bendito sonido no aparece, caigo sin salvación, en el tedio de buscar a quien llamar. Mi vista recorre cada uno de los nombres, ninguno me parece conveniente (éste no estará, éste otro se encontrará ocupado) Vuelvo a observar el teléfono. Y el círculo vicioso no termina.
Miro el reloj. El tiempo se escurre frente a mí, muere cada minuto sin que me importe. Temo que la indolencia me lleve a estar toda la noche en esta fastidiosa actividad. Pero no hay forma de evitarlo, mis piernas no tienen intención alguna de moverse y permitirme incorporarme de esta cama. Para qué luchar en vano, si ya estoy revisando la lista de números telefónicos otra vez.
Pienso entonces, en el significado de la soledad. ¿Qué es la soledad?. ¿Será, como dicen algunos, una sombra terrible que consume paulatinamente a quien la padece?. Y pasa por mi mente por primera vez, que tal vez el letargo mental en que me encuentro es consecuencia del filo de la soledad rebanando mis días.
En aquel momento, analizo. Si la penosa sensación que me atormenta ahora, es soledad, no puede serlo el exquisito sentimiento que me sobreviene cuando estoy sola en casa. ¡Claro!, no comprendía por qué todos hablaban mal de la soledad si yo estando sola me sentía tan bien. No había sentido soledad sino hasta ahora.
Tratando de desviar un amargo sentimiento de honda tristeza que se aproxima, intento pensar que es absurdo llamar a alguien si no tengo qué contar. ¿Para qué perder el tiempo llamando por teléfono sin tener qué decir?. Pero el tiempo me sobra de una manera angustiosa. Me pesa. Sólo quiero oír una voz amiga al otro lado del auricular, necesito exasperadamente oír una voz...
La noche está madura. Dirijo la mirada hacia la ventana, afuera nada se distingue entre la profunda oscuridad. Apago la luz.
Intento dormir, pero de pronto mi rostro se empapa en lágrimas de tristeza que luego se convierte en cólera.
Afuera comienza a llover. Aquel suave sonido de gotas de agua golpeando el suelo me llega como un calmante. Me invade una especia de paz sedante. Y aunque el agua no me moja, me está lavando, me hace sentir liviana.
Esta noche no cumplo el diario ritual de descolgar el auricular del teléfono con el fin de que nadie interrumpa mis sueños. Esta noche nadie llamará. No obstante, me duermo con una leve sonrisa dibujada en los labios.

Tuesday, July 25, 2006


¿Sentimientos (No) Revelados?

Hace un rato, haciendo algo de poca importancia, recordé una experiencia amorosa fugaz de hace unos cuatro años atrás. Un “amorío” con un jovencito muy apuesto. Duró sólo un par de semanas... Entonces, como sucedió hace tiempo ya, traté de acordarme del motivo por el cual cosas no habían resultado... y de pronto, algo hizo CLICK en mi cabeza. ¡Claro! Fui demasiado reveladora con mis sentimientos. Le escribí una carta diciéndole que me gustaba mucho y que esperaba que lo que estaba sucediendo con nosotros llegara a concretarse en una relación estable.

¡HE AHÍ EL PUNTO!

¿¿¿Lo asusté??? Probablemente...

Y, por supuesto, la conmemoración de esta situación conllevó al recuerdo de tantas otras, sucedidas también en los primeros años de mi adolescencia. Por ejemplo, un juego de “amigo invisible” a través de cartas, característico entre las alumnas del colegio donde estudié la enseñanza media (y la básica) y los alumnos del colegio ubicado enfrente. En dicha oportunidad, creo que debido a que el muchacho que recibía y contestaba mi correspondencia compartía conmigo un gusto musical, me entusiasmé tanto en la carta de respuesta que escribí más de tres planas, hablándole de mi vida, mis proyectos, mis pensamientos... ¿Y qué creen?... Lógico... ¡LO ASUSTÉ!. Todas mis compañeras escribían cartas brevísimas, hablando de cosas que a mí me parecían banales... (“¿Cómo te gustan las mujeres?”, “descríbete físicamente”)... No volví a recibir correspondencia del muchacho aquel... y pronto olvidé el asunto, asumí que no había sido capaz de contestar mi carta...

Pasaron los años, y fui cambiando. No creo de todas formas que ese cambio se debiera a las “experiencias fallidas” de la primera juventud, sino más bien a un proceso interno que poco a poco fue marcando lo que es mi actual personalidad. Comencé a ser más cuidadosa con mis pensamientos y sentimientos; ya no los revelaba con tanta facilidad. La dificultad radicó en que mi modo reservado se volvió extremo. Ahora mi problema era la dificultad para comunicarme con las personas... mientras mi mundo interno se enriquecía a diario, mis relaciones interpersonales se reducían considerablemente. Y con esto no me refiero a relaciones de índole amorosa, sino a vínculos de todo tipo (familiares, de amistad, estudiantiles, etc.)

Como pensarán, esta nueva característica de mi persona me trajo más de algún problema. Ahora era “rara” no por ser demasiado “profunda” para mis temas, era “rara” porque ya ni siquiera tenía tema. Es decir, podía hablar de cosas triviales, de las probabilidades de que lloviera al día siguiente, del comportamiento de los gatos, de lo difícil que estuvo la prueba de biología... pero de mis sentimientos... simplemente no podía, balbuceaba ideas sin sentido, buscaba palabras simples... pero sólo conseguía complejizar más las cosas.

Mi interlocutor concluía que era “una mina enrollada”

No lo culpo, tal vez lo era... tal vez lo soy...

Todas las ideas anteriormente expuestas confluyen en la pregunta: ¿Qué tan conveniente es revelar nuestros sentimientos? Los extremos resultan peligrosos... pueden aparecer en nuestro camino personas en las que definitivamente no se puede confiar... pero acorazarnos también puede impedir que se nos acerque alguien realmente valioso...

Yo ya encontré mi equilibrio; creo que me hacía falta madurar y encontrar personas que me dieran confianza... Tengo amigos que escuchan mis más disparatadas ideas; tengo a mi lado a un hombre que es capaz de reír mis alegrías y llorar mis tristezas... y que jamás me deja sola... y qué creen... me enamoré de ese maravilloso hombre, y nunca más temí escribir cartas largas que hablaran de mi vida, mis proyectos y mis pensamientos, pues él comprende todo en mí...

Pienso que simplemente esperé encontrar a alguien así demasiado temprano, y por ello tal vez esperé mucho de personas que no podían dar más... Vamos, estoy hablando de cuando tenía 14 o 15 años!!! Habré sido muy exigente??? Creo que sí...

Ahora, sólo a vivir la vida... y bueno, únicamente puedo decir que si te pasa lo mismo, no te preocupes, probablemente no ha llegado la persona capaz de comprender a tu mente y a tu corazón...

Sunday, July 23, 2006




¿Cómo puede el Amor cambiar una vida?
A lo largo de la historia se han formulado múltiples teorías sobre el origen del Amor, enfocadas principalmente a factores biológicos, por una parte, y a influencias de orden psicoógico, emocional y social, por otra.
Lo cierto es que el Amor tiene la capacidad de dar un vuelco a la vida del enamorado (a veces positivo, a veces negativo). Sin considerar las relaciones familiares o de amistad (que muchas veces implican Amor), éste es un sentimiento que de un momento a otro puede transformar sueños, proyecciones, principios, patrones de conducta, opiniones, etc.
Y es que el Amor llega a llenar espacios, a otorgar luz en los rincones lúgubres del alma. Muchas veces el Amor hace su aparición en nuestras vidas en momentos de profunda soledad y tristeza, de desesperanza y desilusión. Mas de pronto, vemos proyectada en una persona la salvación de tanto sufrimiento, la posibilidad de volver a soñar, de sentirnos amados y necesarios, cuando ya nos creíamos inexistentes para este mundo. Y, aunque en muchas ocasiones lo anteriormente mencionado no sucede, es innegable que no somos los mismos antes y después de amar.
En el ser amado proyectamos ahora todos aquellos planes que en la infancia vimos tan lejanos, y en la adolescencia, inalcanzables. Sin importar la edad, el Amor del enamorado tiene la capacidad de volver a la vida esa parte de su corazón que muere frente a tantas mentiras, tantos tropiezos, tantos vacíos...
El Amor no es sólo romancitismo, el Amor también es respeto, confianza, admiración. Vemos en quien amamos a un ser digno de ser valorado por sus cualidades y virtudes; vemos en dicha persona también defectos (naturalmente), pero amamos también sus defectos, porque forman parte de un todo... que ha venido a acomodarse perfectamente con nuestros anhelos...
A todos, en algún momento de la vida, se nos brinda la oportunidad de amar. Aunque, cabe destacarlo, no todos los amores son para siempre. Hay que aprender a extraer una visión positiva de cada experiencia, y disfrutrarla mientras dure... Pero, atención, nuestro corazón nos indica si ese amor es para siempre, si ese amor es el definitivo...
Tengo una teoría personal con respecto al Amor: Muchas veces tendemos a confundirnos cuando se trata de sentimientos, pero aquel "Amor" que no nos entrega nada positivo, aquellas relaciones enfermizas basadas en sufrimiento, en excesivos momentos tristes versus escasos momentos felices... para mí eso no es amor. Aquellas relaciones en que se permiten infidelidades por una o ambas partes, argumentando que se debe sólo a "juegos pasajeros"... para mí eso no es Amor. No sé si tendré una visión obsoleta del Amor, pero estas características me han permitido identificar distintas concepciones del sentimientos...
Considerando al verdadero Amor, a ese que nos llena de luz, a ese que nos devuelve a la vida con la sonrisa o la mirada del ser amado (independientemente de que seamos correspondidos o no), es imposible determinar en qué medida somos capaces de cambiar al estar enamorados, pero indudablemente cambiamos, ya no somos los mismos seres caminando por el sendero de la soledad de antes, hoy ya pensamos y sentimos por dos...

Wednesday, July 19, 2006



El Concepto de Libertad
En mi caso particular, hasta hace algún tiempo el concepto de Libertad no tenía mucha importancia; sólo lo manejaba como un tema abstracto que influía relevantemente en mi vida.
No obstante, hace aproximadamente un año, logré econtrarle sentido a la palabra "Libertad" a través de la música. Descubrí que el concepto de Libertad estaba directamente con el Honor, y sobre todo, con el de Valentía.
La banda española de metal "Warcry" abarca el tópico de la Libertad en muchas de sus letras. En ellas se nos habla de la trascendencia de la Libertad tanto física como espiritual, así como también de la lucha que implica el llegar a ser libre. Es en este punto donde hallamos el vínculo entre "Libertad" y "Valentía". Hay que ser realmente valiente para luchar por la libertad. Los obstáculos son infinitos en el largo camino; personas y situaciones pueden oponerse a nuestro deseo de ser libres, mas ahí surge la inusitada Valentía, sorprendiendo a todos y a nosotros mismos, y dándonos la fuerza necesaria para sorbreponernos a las dificultades.
Claramente, la Libertad no se alcanza de un momento a otro. Muchas personas han muerto en busca de tan preciado fin, sin poder ver las consecuencias de su lucha entre su gente. Generaciones completas han construído, tal vez sin saberlo, la Liberdad que hoy pueden gozar sus descendientes.
Canciones como "Despertar, "Iberia", "Hacia Adelante", "Fe", "El Anticristo", entre otras, nos cuentan sobre la lucha de personas o de pueblos por hacer lo que creen correcto y no lo que imponen los más poderos.
El llevar el contenido de estas canciones mi vida diaria me ha permitido advertir que, lejos de lo que yo pensaba, el concepto de Libertad está muy presente en mi espíritu, tal vez por bastante tiempo en estado de latencia, pero ahora, con ansias de despertar. Increíblemente, el escuchar una canción que te identifica, te hace sentir con nuevas fuerzas para luchar por tus ideales; por lo menos, en mi caso.
En conclusión, podemos decir que la Libertad radica en tener la posibilidad que todo ser merece de elegir cómo quiere ser y qué quiere aportar al mundo, sin presiones externas, respetando siempre la voluntad y la opinión de los demás. Es decir, sin que nadie coarte la preciada Libertad de nadie...
¿Quién querría la Esclavitud por sobre la Libertar? Creo que nadie...

Monday, July 17, 2006


"*"

El sol golpeaba fuerte sobre mi cabeza esa tarde, y como de costumbre el sentir ese sofocante manto de calor liándome por completo, me molestaba bastante. Tal vez esta desagradable situación provocó en mí cierto decaimiento que me acompañó aquella tarde.
Cerca de las cuatro de la tarde debí salir de mi cómodo, acogedor, apacible y siempre deseado refugio (mi casa) para dirigirme a un desagradable, angustiante y por mí siempre detestado lugar: el centro de la ciudad.
Siempre evitaba aventurarme por aquellas latitudes, pero por razones de fuerza mayor no pude impedir la inminente salida. Aunque, claro, no llegué nunca a mi destino.
Caminé algunas cuadras para alcanzar el microbús. Llegué justo a tiempo para tomar uno que ya estaba por partir, y así me ahorré el esperar por quince minutos bajo ese abrasador sol la próxima locomoción.
Estando ya sobre el microbús, me dediqué a hacer lo que siempre hago cuando me encuentro en uno de esos aparatos: observar. Observar por la ventana las calles que iba recorriendo u observar a las personas que, al igual que yo, se dirigían a algún destino. Un destino que no era el mismo que el mío... todos íbamos a lugares diferentes, cada persona tenía su propia historia, su propia vida... Y cada una de esas vidas iban a enlazarse esa tarde, sin que nadie lo supiera. Cada una de esas vidas se hallarían en conjunción.
Ya me encontraba en la mitad de mi recorrido, cuando el microbús se detiene a recoger un pasajero. Un muchacho pálido y extremadamente delgado subió por la escalinata. Vestía ropas oscuras, y anchas para su descarnada figura.
El joven canceló su pasaje, como cualquier pasajero. Luego volteó para dirigirse a algún asiento disponible, el cual encontró con la mirada al final del microbús. Mientras caminaba por el estrecho “pasillo”, sus ávidos ojos se fijaron en cada uno de los pasajeros, sin que algunos de ellos lo percibieran. Los grandes ojos del muchacho recorrían cada uno de los rostros, como si éste hubiese querido reconocer y grabar en su memoria los semblantes de quienes viajaban en ese bus... Cuando sus ojos se centraron en mí, creí ver en ellos un destello de desesperación y desasosiego. Luego de dejar fija su mirada en la mía por algunos segundos más, siguió su recorrido. Entonces recordé cuando yo era un muchacho. Parecía que había pasado hace tanto tiempo... sentía que los años habían vuelto mi cuerpo pesado y amargado. Me había convertido en un resentido de la vida... pero al menos la juventud se había ido junto a todos los conflictos propios de esa edad. Tal vez la desazón del joven se debía a alguna tristeza típica de adolescente, quizás una pena de amor, una pelea con amigos... Le resté importancia.
El microbús se dirigía ahora por algunas calles menos transitadas. Mi mente se encontraba en algún recóndito lugar, cuando un ruido estridente y brusco me hizo caer de bruces en la realidad. Instantáneamente, un grito de mujer, todo esto, a mis espaldas.
Entonces inmediata e instintivamente volteé, mis ojos se encontraron violentamente con una escena que parecía sacada de una película de acción. El muchacho demacrado tenía un arma en mano, estaba disparando por doquier. Sólo acerté a bajar mi cabeza, tratando de protegerme con el respaldo del asiento. En unos cuantos segundos ya había disparado a una mujer y al chofer. El microbús, por razones obvias, se detuvo... los cuerpos yacían en el suelo.
Todos los acontecimientos se dieron en un par de minutos. Sin embargo, ahora que los rememoro, me da la impresión de que cada hecho sucedió de forma muy lenta, por lo que me es fácil recordar detalles.
Mientras yo, escondido y con el cuerpo totalmente torcido, lidiaba contra el pánico que empezaba a sentir, cada uno de los pasajeros recibía unas cuantas balas en su cuerpo. En medio del tiroteo uno de los proyectiles fue a dar en mi brazo izquierdo, quedando alojada en él. El brazo sangraba abundantemente, pero por alguna razón que no logro aún comprender, no sentía gran dolor. Más me dolía el ver, desde mi burda posición de espectador, cómo algunas personas heridas gritaban desgarradoramente, mientras los cuerpos de otras que habían tenido peor suerte, reposaban en el suelo sobre un charco de su propia sangre.
Nunca había visto gente morir... nunca había tenido ante mis ojos la escena del fin de una persona a la cual se le arrebata tan bruscamente la existencia. Y yo, que nunca fui ni he sido dueño de un espíritu humanitario, sentía enorme impotencia al ver que no podía hacer nada por remediar lo que estaba sucediendo. Una pequeña niña de no más de cinco años lloraba ante el cuerpo de su padre muerto, sin entender porqué éste no se movía.
El muchacho, autor de los cruentos hechos, caminaba de un lado a otro, las pupilas desmesuradamente dilatadas dirigían su mirada hacia un lugar que parecía lejano, más allá de los límites de lo real. Cuando dejé de oír el ruido ensordecedor del arma disparando, pensé que todo había acabado. Que ya no quedaba a quien matar, excepto yo, por lo cual estaba preparándome para recibir el tiro. Pero entonces, reparé en la niña que aún sollozaba frente al cuerpo inerte. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, imploré que el asesino no escuchara el débil lamento de la pequeña. Sin embargo oí los pasos frenéticos del muchacho acercándose al lugar donde la niña se encontraba, por lo que sin pensar ni un segundo en mi propia integridad, levanté mi cabeza y me dejé ver por sobre el respaldo de la butaca.
El joven me miró, y su cuerpo comenzó a tambalearse y a temblar. Mientras me observaba, alzó la mano en donde sostenía el arma y apuntó a la niña. En ese momento sentí gran desesperación, quería grita que no lo hiciera, pero mi garganta constreñida no emitía palabra alguna. Entonces, desde lo profundo de mi boca salió un grito gutural, mi voz se quebró y mis ojos se llenaron de lágrimas.
Me parecía tan extraño sentir que lloraba como un niño. Pero no podía evitarlo, las lágrimas ganaban terreno en mi rostro. Mi alma, desesperada por la angustia y la impotencia, comenzaba a arder por la rabia contenida hacia el autor de la desgracia, cuando éste, al verme así, comenzó a llorar también. Pero su llanto era tranquilo, las lágrimas caían suavemente de sus ojos, como si a su paso aliviaran recónditos dolores...
Una sonrisa que parecía de serenidad se dibujó en su rostro, y sin quitar su miraba de la mía, rápidamente cambió la dirección de su próximo tiro. Con el arma apuntando directamente a su cabeza, cerro los ojos en expresión de profundo consuelo y presionó el gatillo.
Segundos después vi aparecer por las puertas del microbús a una docena de personas, seguramente vecinos del sector que se alertaron al escuchar los disparos. Subieron y sacaron a los heridos y a los fallecidos... se encargaron de tranquilizar a la niña que lloraba por lo recién visto. Al ver que yo era el único que se encontraba en condiciones de hablar y explicar lo sucedido, todos comenzaron a bombardearme de preguntas que mi cabeza no podía procesar. Tal vez por la presión, tal vez por el dolor... caí inconsciente ante aquellas personas que esperaban una respuesta sensacionalista de mi parte. Lástima, los decepcioné.
Desperté en el hospital, mi brazo estaba vendado. Me sentí mareado, y la cabeza pesaba inconmensurablemente sobre mis hombros. Por un momento creí que realmente la cama saldría volando por la ventana.
Miré a mi lado y ahí estaba Estela, mi mejor amiga, y la persona con la cual me encontraría esa tarde. Su sonrisa me produjo tal regocijo, que a pesar del mareo me incorporé y le pedí que me abrazara. Comencé a llorar como niño otra vez, y Estela, con suaves palabras, trataba de calmarme. Entonces sentí, quizás por primera vez, que la vida no me pertenecía. Sentí que en cualquier momento todo puede acabar sin que haya hecho todo aquello que he aplazado durante mi vida pero que debo hacer. Decidí en ese momento, que cuando saliera de esas cuatro paredes blancas, haría todo lo que me faltaba por hacer, entre esas cosas, decirle a Estela lo que realmente sentía por ella...
Caí en la cuenta entonces, de que todo este pensamiento positivo digno de moraleja, no se debía al típico razonamiento: “estuve a punto de perder la vida, por eso ahora debo aprovecharla”. Se debía a la imagen, aún fresca en mi retina, del muchacho autoinfiriéndose un disparo. Los ojos apesadumbrados, que parecían pedir a gritos algún tipo de ayuda, aparecían frente a mí y me hacían sentir profundamente conmovido por la muerte de aquel hombre tan joven. Aquel sentimiento rabioso que me había producido el actuar del joven desapareció de mi mente, y por instantes creo haberme puesto en el lugar de aquel muchacho, que por alguna razón que desconozco, decidió a acabar con todos sus fantasmas y partir, saliendo victorioso de la gran batalla...
El sol comenzaba a esconderse, eran mas o menos las nueve de la noche. Me dieron de alta, la herida provocada por el disparo no requería mayor observación. La bala había sido extraída sin mayor dificultad mientras me encontraba inconsciente, y el molesto mareo ya comenzaba a alejarse de mí.
Partí entonces, con Estela tomada de mi brazo (el que me quedaba sano), y a pesar de estar con ella y de su constante preocupación por mi, la disconformidad y la tribulación se posaron sobre mi corazón, dándome a entender que permanecerían ahí, por lo menos por unos días más. El dorado del atardecer cubría con su manto todo el horizonte, parecía que una cascada de luz se posaba suavemente sobre el suelo, tal como las lágrimas de un muchacho, que, luego de rodar por su cara, nutren el suelo en que caen y lo hacen florecer de emociones.

Saturday, July 15, 2006


Aquella sensación de tibieza y esperanza que sólo sentí con ella apareció de nuevo, pero a la vez sentía miedo. No quería escucharla, no quería que viera dentro de mí...
Volteé para decirle lo mismo de siempre, para decirle que no insistiera:

- Isabel...

Sólo alcancé a decir su nombre, pues en ese momento un rayo de luna se posó sobre su rostro, y sólo entonces descubrí cuán hermosa era. Es cierto, vi su cara en anteriores oportunidades, pero nunca antes había reparado en sus delicados rasgos, que se acentuaban de forma increíble al tener los largos cabellos totalmente empapados. Sus grandes ojos oscuros me miraban atentos, esperando aquellas lapidarias palabras que pretendía decirle, sus labios pálidos parecían tener algo que decir...
Me sentí entonces, confuso, quizás frágil. Se estaba llevando a cabo en mí, en ese preciso instante, una gran batalla...
Inesperadamente para ella (y para mí), me acerqué con expresión de absoluta angustia, y la besé. Besé a Isabel. Yo nunca había besado a alguna mujer, es más, nunca me había vivido una situación que me involucrara sentimentalmente con una mujer. Nunca. Aquel beso... aquel beso estuvo lleno de muchas cosas, varios sentimientos diferentes fluían en mí al mismo tiempo. No comprendía qué poderoso impulso me había llevado a actuar de esa manera. Totalmente contrario a mi habitual sentimiento hacia las mujeres, yo no quería separarme de ella. No quería dejarla ir.
De pronto me aparté, lanzándole una mirada fría. Pero casi instantáneamente la abracé, la mantuve largo rato así, aferrada a mi pecho.
Todo había cambiado.