El sol golpeaba fuerte sobre mi cabeza esa tarde, y como de costumbre el sentir ese sofocante manto de calor liándome por completo, me molestaba bastante. Tal vez esta desagradable situación provocó en mí cierto decaimiento que me acompañó aquella tarde.
Cerca de las cuatro de la tarde debí salir de mi cómodo, acogedor, apacible y siempre deseado refugio (mi casa) para dirigirme a un desagradable, angustiante y por mí siempre detestado lugar: el centro de la ciudad.
Siempre evitaba aventurarme por aquellas latitudes, pero por razones de fuerza mayor no pude impedir la inminente salida. Aunque, claro, no llegué nunca a mi destino.
Caminé algunas cuadras para alcanzar el microbús. Llegué justo a tiempo para tomar uno que ya estaba por partir, y así me ahorré el esperar por quince minutos bajo ese abrasador sol la próxima locomoción.
Estando ya sobre el microbús, me dediqué a hacer lo que siempre hago cuando me encuentro en uno de esos aparatos: observar. Observar por la ventana las calles que iba recorriendo u observar a las personas que, al igual que yo, se dirigían a algún destino. Un destino que no era el mismo que el mío... todos íbamos a lugares diferentes, cada persona tenía su propia historia, su propia vida... Y cada una de esas vidas iban a enlazarse esa tarde, sin que nadie lo supiera. Cada una de esas vidas se hallarían en conjunción.
Ya me encontraba en la mitad de mi recorrido, cuando el microbús se detiene a recoger un pasajero. Un muchacho pálido y extremadamente delgado subió por la escalinata. Vestía ropas oscuras, y anchas para su descarnada figura.
El joven canceló su pasaje, como cualquier pasajero. Luego volteó para dirigirse a algún asiento disponible, el cual encontró con la mirada al final del microbús. Mientras caminaba por el estrecho “pasillo”, sus ávidos ojos se fijaron en cada uno de los pasajeros, sin que algunos de ellos lo percibieran. Los grandes ojos del muchacho recorrían cada uno de los rostros, como si éste hubiese querido reconocer y grabar en su memoria los semblantes de quienes viajaban en ese bus... Cuando sus ojos se centraron en mí, creí ver en ellos un destello de desesperación y desasosiego. Luego de dejar fija su mirada en la mía por algunos segundos más, siguió su recorrido. Entonces recordé cuando yo era un muchacho. Parecía que había pasado hace tanto tiempo... sentía que los años habían vuelto mi cuerpo pesado y amargado. Me había convertido en un resentido de la vida... pero al menos la juventud se había ido junto a todos los conflictos propios de esa edad. Tal vez la desazón del joven se debía a alguna tristeza típica de adolescente, quizás una pena de amor, una pelea con amigos... Le resté importancia.
El microbús se dirigía ahora por algunas calles menos transitadas. Mi mente se encontraba en algún recóndito lugar, cuando un ruido estridente y brusco me hizo caer de bruces en la realidad. Instantáneamente, un grito de mujer, todo esto, a mis espaldas.
Entonces inmediata e instintivamente volteé, mis ojos se encontraron violentamente con una escena que parecía sacada de una película de acción. El muchacho demacrado tenía un arma en mano, estaba disparando por doquier. Sólo acerté a bajar mi cabeza, tratando de protegerme con el respaldo del asiento. En unos cuantos segundos ya había disparado a una mujer y al chofer. El microbús, por razones obvias, se detuvo... los cuerpos yacían en el suelo.
Todos los acontecimientos se dieron en un par de minutos. Sin embargo, ahora que los rememoro, me da la impresión de que cada hecho sucedió de forma muy lenta, por lo que me es fácil recordar detalles.
Mientras yo, escondido y con el cuerpo totalmente torcido, lidiaba contra el pánico que empezaba a sentir, cada uno de los pasajeros recibía unas cuantas balas en su cuerpo. En medio del tiroteo uno de los proyectiles fue a dar en mi brazo izquierdo, quedando alojada en él. El brazo sangraba abundantemente, pero por alguna razón que no logro aún comprender, no sentía gran dolor. Más me dolía el ver, desde mi burda posición de espectador, cómo algunas personas heridas gritaban desgarradoramente, mientras los cuerpos de otras que habían tenido peor suerte, reposaban en el suelo sobre un charco de su propia sangre.

Nunca había visto gente morir... nunca había tenido ante mis ojos la escena del fin de una persona a la cual se le arrebata tan bruscamente la existencia. Y yo, que nunca fui ni he sido dueño de un espíritu humanitario, sentía enorme impotencia al ver que no podía hacer nada por remediar lo que estaba sucediendo. Una pequeña niña de no más de cinco años lloraba ante el cuerpo de su padre muerto, sin entender porqué éste no se movía.
El muchacho, autor de los cruentos hechos, caminaba de un lado a otro, las pupilas desmesuradamente dilatadas dirigían su mirada hacia un lugar que parecía lejano, más allá de los límites de lo real. Cuando dejé de oír el ruido ensordecedor del arma disparando, pensé que todo había acabado. Que ya no quedaba a quien matar, excepto yo, por lo cual estaba preparándome para recibir el tiro. Pero entonces, reparé en la niña que aún sollozaba frente al cuerpo inerte. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, imploré que el asesino no escuchara el débil lamento de la pequeña. Sin embargo oí los pasos frenéticos del muchacho acercándose al lugar donde la niña se encontraba, por lo que sin pensar ni un segundo en mi propia integridad, levanté mi cabeza y me dejé ver por sobre el respaldo de la butaca.
El joven me miró, y su cuerpo comenzó a tambalearse y a temblar. Mientras me observaba, alzó la mano en donde sostenía el arma y apuntó a la niña. En ese momento sentí gran desesperación, quería grita que no lo hiciera, pero mi garganta constreñida no emitía palabra alguna. Entonces, desde lo profundo de mi boca salió un grito gutural, mi voz se quebró y mis ojos se llenaron de lágrimas.
Me parecía tan extraño sentir que lloraba como un niño. Pero no podía evitarlo, las lágrimas ganaban terreno en mi rostro. Mi alma, desesperada por la angustia y la impotencia, comenzaba a arder por la rabia contenida hacia el autor de la desgracia, cuando éste, al verme así, comenzó a llorar también. Pero su llanto era tranquilo, las lágrimas caían suavemente de sus ojos, como si a su paso aliviaran recónditos dolores...
Una sonrisa que parecía de serenidad se dibujó en su rostro, y sin quitar su miraba de la mía, rápidamente cambió la dirección de su próximo tiro. Con el arma apuntando directamente a su cabeza, cerro los ojos en expresión de profundo consuelo y presionó el gatillo.
Segundos después vi aparecer por las puertas del microbús a una docena de personas, seguramente vecinos del sector que se alertaron al escuchar los disparos. Subieron y sacaron a los heridos y a los fallecidos... se encargaron de tranquilizar a la niña que lloraba por lo recién visto. Al ver que yo era el único que se encontraba en condiciones de hablar y explicar lo sucedido, todos comenzaron a bombardearme de preguntas que mi cabeza no podía procesar. Tal vez por la presión, tal vez por el dolor... caí inconsciente ante aquellas personas que esperaban una respuesta sensacionalista de mi parte. Lástima, los decepcioné.
Desperté en el hospital, mi brazo estaba vendado. Me sentí mareado, y la cabeza pesaba inconmensurablemente sobre mis hombros. Por un momento creí que realmente la cama saldría volando por la ventana.
Miré a mi lado y ahí estaba Estela, mi mejor amiga, y la persona con la cual me encontraría esa tarde. Su sonrisa me produjo tal regocijo, que a pesar del mareo me incorporé y le pedí que me abrazara. Comencé a llorar como niño otra vez, y Estela, con suaves palabras, trataba de calmarme. Entonces sentí, quizás por primera vez, que la vida no me pertenecía. Sentí que en cualquier momento todo puede acabar sin que haya hecho todo aquello que he aplazado durante mi vida pero que debo hacer. Decidí en ese momento, que cuando saliera de esas cuatro paredes blancas, haría todo lo que me faltaba por hacer, entre esas cosas, decirle a Estela lo que realmente sentía por ella...
Caí en la cuenta entonces, de que todo este pensamiento positivo digno de moraleja, no se debía al típico razonamiento: “estuve a punto de perder la vida, por eso ahora debo aprovecharla”. Se debía a la imagen, aún fresca en mi retina, del muchacho autoinfiriéndose un disparo. Los ojos apesadumbrados, que parecían pedir a gritos algún tipo de ayuda, aparecían frente a mí y me hacían sentir profundamente conmovido por la muerte de aquel hombre tan joven. Aquel sentimiento rabioso que me había producido el actuar del joven desapareció de mi mente, y por instantes creo haberme puesto en el lugar de aquel muchacho, que por alguna razón que desconozco, decidió a acabar con todos sus fantasmas y partir, saliendo victorioso de la gran batalla...
El sol comenzaba a esconderse, eran mas o menos las nueve de la noche. Me dieron de alta, la herida provocada por el disparo no requería mayor observación. La bala había sido extraída sin mayor dificultad mientras me encontraba inconsciente, y el molesto mareo ya comenzaba a alejarse de mí.
Partí entonces, con Estela tomada de mi brazo (el que me quedaba sano), y a pesar de estar con ella y de su constante preocupación por mi, la disconformidad y la tribulación se posaron sobre mi corazón, dándome a entender que permanecerían ahí, por lo menos por unos días más. El dorado del atardecer cubría con su manto todo el horizonte, parecía que una cascada de luz se posaba suavemente sobre el suelo, tal como las lágrimas de un muchacho, que, luego de rodar por su cara, nutren el suelo en que caen y lo hacen florecer de emociones.
