Dejaré algo aquí que escribí hace mucho tiempo... años ya. Es un poco largo; por lo mismo pensé en diseccionarlo, ir publicándolo en partes... pero creo que perdería su esencia e interés. Así es que lo dejaré completo; no sé si alguien se de la "lata" de leerlo, en fin... siempre se corre ese riesgo al escribir =)
Saludos.
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Saludos.
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"* * * *"
Me estoy volviendo loco. Sí, probablemente estoy enloqueciendo. Porque ella, como una figura blanca e infinita, aparece en calles y caminos, en mis caminos, deambulando como un fantasma cruel. Pero no está ahí; ya no está aquí, y lo que veo es sólo fruto de mi imaginación y desesperación.
A veces le hablo al viento, creyendo que, muy cerca, está ella escuchándome. Cuestiono su comportamiento, critico su proceder, la crueldad con la que destruyó mi vida sin compasión alguna. Y me pregunto una y otra vez cómo puedo amarla así, añorando sus palabras aunque pudieran acabar con lo que queda de mi alma cansada.
Mi ingenuidad me llevó a creer ciegamente en su voz, en sus abrazos... me torné un ser inconsciente, por ella. Habría dado mi vida si ella así lo hubiese querido. Pero ella mintió, mintió todo el tiempo... Mientras yo cuidé con detalle cada una de mis acciones, me aseguré de ser sincero en cada palabra que pronuncié para ella, ella actuaba según lo que le dictaba su espíritu impulsivo, sin considerar que mi estúpido corazón le creía todo... Mi estúpido corazón le creía todo, cada mentira, cada una de sus mentiras...
A veces le hablo al viento, creyendo que, muy cerca, está ella escuchándome. Me quito frente a ella mi firme armadura de resentimientos, le permito a mis ojos llorar en plena libertad. Le digo que la amo, aún, sobre todas las cosas. Le pido que acabemos con esta tortuosa separación... Pero me detengo, y enjugo mis lágrimas. Pues no, ella no está sufriendo. Esta separación es tortuosa sólo para mí, sólo para mí... Y la odio. La odio por haberme hecho creer que me amaba.
Sólo puedo seguir así, hablándole al viento. Porque ella ya no está aquí, y no lo estará jamás...
Un miedo frío y raudo recorre mi espalda cuando pienso que en cualquier momento puedo verla verdaderamente, tener su cuerpo frente a mí, y sentir el hielo en sus palabras y sus miradas. Sentir, al fin y al cabo, que en ella ya no queda nada de lo que alguna vez nos unió. Dentro de mí lo sé, dentro de mí existe la certeza de que es así. Pero no quiero escucharlo de su boca... no quiero leerlo en sus ojos. Ya no quiero verla más, nunca más. Sólo para no sentir una vez más que jamás me amó.
Camino por las calles y sé que ella estará ahí, en algún lugar. La espero, como un tonto, pensando que en medio de su memoria queda algún pequeño vestigio de mi existencia en su vida. La espero, creyendo que un poco de compasión hará que recuerde la miseria en la que me hallo, de la que sólo ella me puede rescatar... Ella no conoce la compasión, ella no sabe de ningún modo y en ninguna medida lo que yo estoy viviendo. Mas la espero; el tiempo se me escurre como agua entre los dedos, las horas, los minutos, los segundos... la vida se me va, ya sin vuelta atrás. Y yo la espero.
Imágenes golpean mi cabeza, recuerdos que ayer eran hermosos y que hoy me producen una sensación vertiginosa. Cada imagen me golpea en todo el cuerpo, me abre heridas que no dejan de sangrar... Quisiera, tal vez, que ella me viera así, para que sintiera en su conciencia la aflicción que siento yo. Quisiera aún más, verla acabada, destruida, despedazada... para creer que al menos le ha dolido un poco nuestro distanciamiento.
La he visto, y he querido asesinarla. He querido golpearla, verla sangrar, quitarle la vida muy lentamente... Sin embargo me he comportado como todo un caballero.
Transito por la calle y sin previo aviso su silueta atraviesa mi visión. Frente a mí, caminando hacia mí, se vuelve hermosa a mis ojos, tan sublime que parece una alucinación.
Sonríe. Sí, me sonríe, como si se hubiese encontrado con un viejo amigo al que no veía hace muchos años. Me comenta sus planes y proyectos, comparte conmigo sus experiencias y vivencias del último tiempo; y yo la oigo con tan esmerada atención que ya no oigo nada, sólo el zumbido de su voz y el de mi sangre, y me pregunto por qué debo escucharla. Por qué oírla, si ella jamás oyó de corazón mis palabras; por qué oírla, si sólo quisiera con mis manos torturarla, por más que la amo... Entonces, de seguro por mi obvio estado la evasión, ella se despide afable y livianamente, y sigue su rumbo. Yo retomo mi caminata, mas me siento detenido en el mismo punto en el que me despedí de ella. Me azota la fría brisa del atardecer, me grita que ella vive mientras yo muero. Me atraviesa el cuerpo el espíritu del abismo, y dudo por primera vez de la certeza de esta historia.
Es ella la fuente de mi pesar. El motivo de la tortuosa tristeza que me acompaña hace ya tanto tiempo. La tempestad que me tiene estático, imposibilitado de moverme, pensar, sentir y vivir. Es entonces fácil concluir, que, estando ausente ella, ausente estará también mi dolor. Debo, por lo tanto, hacer que se ausente de mi vida para siempre.
Camino hacia su calle, donde sé que ella estará. Mientras doy cada paso pienso que no seré capaz de apagar la vida de quien más amo; pero los golpes me han vuelto temiblemente egoísta, por lo que he de buscar únicamente mi propio beneficio. No puedo actuar de otra forma, después de haberme olvidado tanto tiempo de mí mismo para sólo sentir mi vida como un pequeño complemento de la única, preciosa y atesorada vida de ella.
Es lo justo.
Me escondo tras matorrales, nubarrones terrestres, interminables nebulosas. Y la espero en perpetuo silencio, listo para abordarla en el instante preciso.
Ella se acerca caminando de la mano de un alto y al parecer fuerte hombre, de quien se despide con un intenso beso en los labios. Espero entonces que me sobrevenga un sentimiento de agonía y muerte, de lamento sangrante; pero para mi sorpresa nada de esto cae sobre mí. He deducido, por lo tanto, que ya he dejado de sentir, que me encuentro absolutamente carente de cualquier tipo de sentimientos.
El hombre se aleja por la larga avenida. Ella está de pie muy cerca de mí. Me brota una sonrisa vengativa: Más fácil me será matarle ahora, que tengo un nuevo motivo agregado a la lista.
Lamento haber llegado a esto, pero ella me obligó, ella lo hizo... ahora me toca a mí ganar.
Me abalanzo sobre ella, y ella, desprevenida lanza un grito que es interrumpido por mi mano tapando su boca. Entonces, ya lleno de odio y a la vez de una extraña sensación de satisfacción que me quema el rostro, aprieto su cuello con todas las fuerzas que tienen mis manos, pongo en ello mi mayor empeño y gusto, sin importarme el débil lamento de súplica que emerge de su garganta. Y cuando ya su voz se apaga, y me mira con dolor en sus ojos, con un dolor que va más allá de lo físico y que alcanza lo profundo de su alma, su vida se extingue entre mis brazos como tantas veces lo quise. Y comienzo a llorar tan exquisitamente, tan confortablemente... pues mis lágrimas no son de dolor, no, ya no me quedan más de esas lágrimas... son de alivio, satisfacción y placer, son provocadas por un objetivo alcanzado. Ya todo ha terminado.
Abandono el cuerpo en aquella calle, y comienzo a alejarme serenamente, caminando bajo la luna invernal. Voy borrando cada imagen que conservo de ella, cada recuerdo... Hasta que logro olvidar que ella alguna vez existió.
La luz del día entraba con fuerza por todos los rincones de la habitación. Él, sentado frente a la ventana, se hallaba absorto y perdido en el paisaje, con los ojos abiertos mirando hacia la nada...
De pronto una angustia, un dolor en el pecho y una sensación nauseabunda lo trajeron a tierra otra vez.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, se sintió agitado, confundido, estúpido... el desconcierto quedó grabado en su rostro en aquel momento al descubrir que todo era mentira. Aquella mujer... aquel sufrimiento, aquella destrucción dentro de sí sólo habían formado parte de su imaginación, de su incontrolable y a veces peligrosa imaginación.
Asomó el cuerpo por la ventana, y la sueva brisa matutina le calmó. Secó sus lágrimas y salió, para continuar con su vida.
A veces le hablo al viento, creyendo que, muy cerca, está ella escuchándome. Cuestiono su comportamiento, critico su proceder, la crueldad con la que destruyó mi vida sin compasión alguna. Y me pregunto una y otra vez cómo puedo amarla así, añorando sus palabras aunque pudieran acabar con lo que queda de mi alma cansada.
Mi ingenuidad me llevó a creer ciegamente en su voz, en sus abrazos... me torné un ser inconsciente, por ella. Habría dado mi vida si ella así lo hubiese querido. Pero ella mintió, mintió todo el tiempo... Mientras yo cuidé con detalle cada una de mis acciones, me aseguré de ser sincero en cada palabra que pronuncié para ella, ella actuaba según lo que le dictaba su espíritu impulsivo, sin considerar que mi estúpido corazón le creía todo... Mi estúpido corazón le creía todo, cada mentira, cada una de sus mentiras...
A veces le hablo al viento, creyendo que, muy cerca, está ella escuchándome. Me quito frente a ella mi firme armadura de resentimientos, le permito a mis ojos llorar en plena libertad. Le digo que la amo, aún, sobre todas las cosas. Le pido que acabemos con esta tortuosa separación... Pero me detengo, y enjugo mis lágrimas. Pues no, ella no está sufriendo. Esta separación es tortuosa sólo para mí, sólo para mí... Y la odio. La odio por haberme hecho creer que me amaba.
Sólo puedo seguir así, hablándole al viento. Porque ella ya no está aquí, y no lo estará jamás...
Un miedo frío y raudo recorre mi espalda cuando pienso que en cualquier momento puedo verla verdaderamente, tener su cuerpo frente a mí, y sentir el hielo en sus palabras y sus miradas. Sentir, al fin y al cabo, que en ella ya no queda nada de lo que alguna vez nos unió. Dentro de mí lo sé, dentro de mí existe la certeza de que es así. Pero no quiero escucharlo de su boca... no quiero leerlo en sus ojos. Ya no quiero verla más, nunca más. Sólo para no sentir una vez más que jamás me amó.
Camino por las calles y sé que ella estará ahí, en algún lugar. La espero, como un tonto, pensando que en medio de su memoria queda algún pequeño vestigio de mi existencia en su vida. La espero, creyendo que un poco de compasión hará que recuerde la miseria en la que me hallo, de la que sólo ella me puede rescatar... Ella no conoce la compasión, ella no sabe de ningún modo y en ninguna medida lo que yo estoy viviendo. Mas la espero; el tiempo se me escurre como agua entre los dedos, las horas, los minutos, los segundos... la vida se me va, ya sin vuelta atrás. Y yo la espero.
Imágenes golpean mi cabeza, recuerdos que ayer eran hermosos y que hoy me producen una sensación vertiginosa. Cada imagen me golpea en todo el cuerpo, me abre heridas que no dejan de sangrar... Quisiera, tal vez, que ella me viera así, para que sintiera en su conciencia la aflicción que siento yo. Quisiera aún más, verla acabada, destruida, despedazada... para creer que al menos le ha dolido un poco nuestro distanciamiento.
La he visto, y he querido asesinarla. He querido golpearla, verla sangrar, quitarle la vida muy lentamente... Sin embargo me he comportado como todo un caballero.
Transito por la calle y sin previo aviso su silueta atraviesa mi visión. Frente a mí, caminando hacia mí, se vuelve hermosa a mis ojos, tan sublime que parece una alucinación.
Sonríe. Sí, me sonríe, como si se hubiese encontrado con un viejo amigo al que no veía hace muchos años. Me comenta sus planes y proyectos, comparte conmigo sus experiencias y vivencias del último tiempo; y yo la oigo con tan esmerada atención que ya no oigo nada, sólo el zumbido de su voz y el de mi sangre, y me pregunto por qué debo escucharla. Por qué oírla, si ella jamás oyó de corazón mis palabras; por qué oírla, si sólo quisiera con mis manos torturarla, por más que la amo... Entonces, de seguro por mi obvio estado la evasión, ella se despide afable y livianamente, y sigue su rumbo. Yo retomo mi caminata, mas me siento detenido en el mismo punto en el que me despedí de ella. Me azota la fría brisa del atardecer, me grita que ella vive mientras yo muero. Me atraviesa el cuerpo el espíritu del abismo, y dudo por primera vez de la certeza de esta historia.
Es ella la fuente de mi pesar. El motivo de la tortuosa tristeza que me acompaña hace ya tanto tiempo. La tempestad que me tiene estático, imposibilitado de moverme, pensar, sentir y vivir. Es entonces fácil concluir, que, estando ausente ella, ausente estará también mi dolor. Debo, por lo tanto, hacer que se ausente de mi vida para siempre.
Camino hacia su calle, donde sé que ella estará. Mientras doy cada paso pienso que no seré capaz de apagar la vida de quien más amo; pero los golpes me han vuelto temiblemente egoísta, por lo que he de buscar únicamente mi propio beneficio. No puedo actuar de otra forma, después de haberme olvidado tanto tiempo de mí mismo para sólo sentir mi vida como un pequeño complemento de la única, preciosa y atesorada vida de ella.
Es lo justo.
Me escondo tras matorrales, nubarrones terrestres, interminables nebulosas. Y la espero en perpetuo silencio, listo para abordarla en el instante preciso.
Ella se acerca caminando de la mano de un alto y al parecer fuerte hombre, de quien se despide con un intenso beso en los labios. Espero entonces que me sobrevenga un sentimiento de agonía y muerte, de lamento sangrante; pero para mi sorpresa nada de esto cae sobre mí. He deducido, por lo tanto, que ya he dejado de sentir, que me encuentro absolutamente carente de cualquier tipo de sentimientos.
El hombre se aleja por la larga avenida. Ella está de pie muy cerca de mí. Me brota una sonrisa vengativa: Más fácil me será matarle ahora, que tengo un nuevo motivo agregado a la lista.
Lamento haber llegado a esto, pero ella me obligó, ella lo hizo... ahora me toca a mí ganar.
Me abalanzo sobre ella, y ella, desprevenida lanza un grito que es interrumpido por mi mano tapando su boca. Entonces, ya lleno de odio y a la vez de una extraña sensación de satisfacción que me quema el rostro, aprieto su cuello con todas las fuerzas que tienen mis manos, pongo en ello mi mayor empeño y gusto, sin importarme el débil lamento de súplica que emerge de su garganta. Y cuando ya su voz se apaga, y me mira con dolor en sus ojos, con un dolor que va más allá de lo físico y que alcanza lo profundo de su alma, su vida se extingue entre mis brazos como tantas veces lo quise. Y comienzo a llorar tan exquisitamente, tan confortablemente... pues mis lágrimas no son de dolor, no, ya no me quedan más de esas lágrimas... son de alivio, satisfacción y placer, son provocadas por un objetivo alcanzado. Ya todo ha terminado.
Abandono el cuerpo en aquella calle, y comienzo a alejarme serenamente, caminando bajo la luna invernal. Voy borrando cada imagen que conservo de ella, cada recuerdo... Hasta que logro olvidar que ella alguna vez existió.
La luz del día entraba con fuerza por todos los rincones de la habitación. Él, sentado frente a la ventana, se hallaba absorto y perdido en el paisaje, con los ojos abiertos mirando hacia la nada...
De pronto una angustia, un dolor en el pecho y una sensación nauseabunda lo trajeron a tierra otra vez.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, se sintió agitado, confundido, estúpido... el desconcierto quedó grabado en su rostro en aquel momento al descubrir que todo era mentira. Aquella mujer... aquel sufrimiento, aquella destrucción dentro de sí sólo habían formado parte de su imaginación, de su incontrolable y a veces peligrosa imaginación.
Asomó el cuerpo por la ventana, y la sueva brisa matutina le calmó. Secó sus lágrimas y salió, para continuar con su vida.


7 Comments:
Ohhhh... mm creo que nadie se ha dado la lata de leer... Uff amiga me di la lata!!! jaja que lata!!1 fue increíble... simplemente me encantó. Llegué a estremecerme, no sé como explicar la sensación que tengo, siento como que hubiera pasado por tres etapas de sentimiento. Primero, una tristeza profunda, hasta un poco masoquista. Creo que cuando uno lee estas cosas inevitablemente intenta ponerse en el lugar del personaje principal.. y uff es genial.
En segundo lugar, me encanta el vuelco que da la historia, esos deseos enfermisos de venganza, mm creo que hasta sicópatamente sentí placer.. jiji..
Uhh y al final.. todo se vuelve nada... es una especie de alivio, pero al mismo tiempo tristeza, tal vez el personaje hubiese querido que todo lo que "soño" pasara realmente.
Me gustó mucho... aunque inevitablemente recordé a dos autores con tu escrito... El primero es a Patrick Süeskind (mm no sé si esta bien escrito el apellido).. pero en el Perfume, él hace una narración muy buena de como el hombre asesina a una mujer. Y el otro es Julio Cortázar con la Noche Boca arriba, aunque con él es solo una sensación por el final, en el hecho del sueño-realidad.
Uff amiguita, con la comparación no quiero decir que tu escrito es un plagio o algo así, sino que quiero decir que has escrito algo tan bueno, que me ha recordado a estos buenos escritores.
Bueno ya no le doy más lata.. y me voy a dormir!"!
besitos!!!
Naty!!!
Mi niña linda.... gracias por su mensajito :D ... me dejaste una linda sonrisa...digna de un comercial de pepsodent xD
Bella... de antemano te pido disculpas...por no haber escrito antes... y por ahora escribir algo...sin haber leido el post que tienes en tu blog (el tiempo es mi peor enemigo).... pero te prometo que dentro de esta semana... lo leo con calma... y te escribo algo mas coherente que esto ya? ;D
Muuuuuuchos besos y cuidate mucho =)
Cariños Pao, alias Safari Lunar xD
Natyx!
espero me disculpes, pero no leí tu texto, toy apurada haciendo 1 trabajo:S, sólo pasaba a saludar, y decirte q tengas una linda semana en la U:)
Me caes suuuper!!
bsos, q sts bien.
¿¿Quien dijo lata???
A mi me gustó mucho la historia, los giros, los cambios de ánimo del protagonista...nada de mal te contaré.
Que tenga una bonita semana.
cariñitos
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¿Lata?... naaa'
y si lo hubieras publicado por partes habria sido más emocionante todavía, pienso yo.
como está la profe mas buena onda?:)
subí un video eeehhh!
es de la exposición de Nicanor Parra, cuando tengas tiempo lo pasas a ver...
mxos cariños pa ti...que te vaya bien esta semana(sé que se les viene pesada, la vero me contó:)
bsos...Shao Lin
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